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domingo, 9 de mayo de 2010

El siglo XVIII

Durante los últimos años del siglo XVII y primeros del XVIII la demografía de Torredonjimeno crece muy lentamente: en 1736 alcanza los 3.400 moradores. Los siguientes años de la primera mitad del setecientos fueron también calamitosos. De esta manera, la profunda crisis del agro andaluz del siglo XVII se perpetua a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII, persistiendo durante estos años la climatología adversa de finales del siglo anterior, registrándose en Torredonjimeno años de grandes hambrunas y enormes carestías, en los que el precio del cereal corría al doble y al triple de su importe habitual. Muchos vecinos tosirianos van a verse impelidos, por el hambre y las malas cosechas, a abandonar la villa. Fueron años de grandes sequías, seguidos de períodos de lluvias torrenciales, de heladas fuera de tiempo y de grandes tormentas de pedrisco, por no citar las destructoras plagas de langosta africana que van a asolar los campos tosirianos en la segunda mitad de esta centuria.
El prior de la iglesia de Santa María, curioso observador de la vida tosiriana, nos ha dejado escritas unas interesantes noticias sobre las cosechas de este período:
• El año de 1734 fue muy malo, hubo mucha hambre. Se vendió el trigo a 70 reales. Se consumió un gran parte del pósito.
• El año de 1735 fue muy copioso. Se puso el trigo a 14 reales.
• El año de 1736 llovió incesantemente, tanto que fue causa de que se cogiese muy poco, porque todo se aguazó. Se mantuvo el trigo a 20 reales.
• El año de 1737 fue más fatal, pues hubo lugar en que no se verificó haber una parva. Dio el rey limosna para los pobres, que se les repartió diariamente con pan y cocinas de habas, garbanzos o arroz. El trigo valió a 70 reales. Hubo mucha hambre, se murieron muchos pobres.
• Los tres meses de febrero, marzo y abril del año de 1738 hasta el de 1750 fueron regulares. Hubo bastante abundancia.
• El año de 1750 fue el peor que Dios envió al mundo, pues fue raro el lugar en donde se vieron algunas parvillas de poca paja y menos grano. Hubo mucha hambre. Dio el rey limosna, que se repartió como el año de 1737. Vino mucho trigo de la mar, y valió hasta 70 reales. En un lugar como Porcuna, no se abrió la tercia para entrar un cahíz de granos
[1]. Y así de todos, a excepción de éste, que se recogieron como 200 fanegas de granos, o poca diferencia.
• El año de 1751 fue muy abundante. Valió el trigo a 22 reales.
• El año de 1752 fue bueno, aunque no tal como el antecedente. Valió el trigo a 20 reales.
En 1743 la población desciende hasta una cifra de 3.000 personas, uno de los valores demográficos más exiguos de la historia tosiriana, similar al número de habitantes que permanecieron en la villa tras las emigraciones que siguieron a la peste de 1647. Comprobamos, pues, como la población de Torredonjimeno no experimentó crecimiento alguno en el amplio período de una centuria. En el siglo XVIII la villa se ruraliza por completo, en el transcurso de su segunda mitad la población crecerá lentamente: las Respuestas cifran el número de vecinos residentes en 1752 en 904 (unos 3.400 habitantes).
[1] La fanega era una unidad de capacidad equivalente a 55,5 litros. Un cahíz era igual a 12 fanegas, y por tanto equivalente a 0,666 m3.

viernes, 7 de mayo de 2010

Torredonjimeno, decadente y pobre
El siglo XVI acaba en Torredonjimeno con años de peste, en la década de los ochenta. Otros años de peste fueron desde 1596 al año 1602. Estas epidemias, sin embargo, no tuvieron la virulencia que tendrán las grandes pandemias de mediados y finales del XVII, aunque sí debieron suponer un menoscabo demográfico en la población tosiriana. En 1609 se produce la expulsión de los moriscos, y se ven obligados a abandonar la villa los que, desde el siglo anterior, en ella se habían instalado tras el destierro de su vega granadina. El número del contingente morisco se encontraba entre 200 y 300 personas, y su modo de vida, por la documentación que ha quedado, debió responder al mismo modelo que el de otros moriscos desterrados a Castilla a principios del siglo XVI desde su Granada natal. Eran individuos muy humildes, que se fueron acomodando como servidores de las grandes familias radicadas en la villa, especialmente como trabajadores agrícolas en los cortijos más alejados del núcleo urbano. Gozaron del favor de sus nobles amos, de quiénes tomaron sus apellidos, y parece ser que se hallaban perfectamente integrados en la vida social de Torredonjimeno: acudían a misa, se les conocía por nombres cristianos, bautizaban a sus hijos con el parentesco espiritual de las familias más poderosas, etc., sin distinguirse especialmente, por su modo de vida, de los cristianos viejos más humildes, con los que llegaron a matrimoniar, en ocasiones, algunas de estas doncellas granadinas, como se les cita en los libros parroquiales. Respondían, pues, los tosirianos al tópico de los demás moriscos, siendo especialmente prolíficos, según se constata al reconstruir sus fichas familiares a partir de los registros parroquiales, llegando a tener 8, 10 y más hijos, bastante por encima del promedio de los cristianos viejos.
Otra minoría de población de Torredonjimeno fue la de los esclavos: negros, mulatos y loros, individuos estos últimos de color verdinegra (como se decía entonces) procedentes del norte de Africa y del extremo oriental del Mediterráneo, menos numerosos entre la población esclava que los descendientes de negros. Durante la primera mitad del siglo XVII residían en la villa un gran número de familias nobles poseedoras de importantes patrimonios. Entre su servidumbre se encontraba un nutrido contingente de siervos de color. Los esclavos aparecen citados con frecuencia en los protocolos notariales y en los libros bautismales de las dos parroquias de la villa y, más raramente, se encuentran matrimonios entre esclavos negros. En los bautizos de los hijos de las esclavas no se cita en ninguna ocasión el nombre del progenitor de la criatura. Los padrinos de los esclavos recién nacidos formaron parte, curiosamente, de la más alta nobleza de la villa, lo que hace pensar en la existencia de vínculos de parentesco entre la población esclava y sus amos. Era muy frecuente que a la muerte del amo se manumitiese al siervo por disposición testamentaria de aquél. En otras ocasiones los amos dejaban, además, legados y mandas a sus antiguos siervos, que alcanzaban así una situación económica desahogada, lo que les permitía matrimoniar fácilmente con mujeres libres de familias más pobres. Los esclavos de color acabaron por desaparecer de la vida cotidiana de Torredonjimeno, bien reabsorbidos por el contingente de población libre, bien abandonando la villa junto con sus amos nobles en la segunda mitad del XVII, cuando desciende significativamente el número de familias linajudas residentes en la villa.
El panorama demográfico de Torredonjimeno cambia drásticamente a partir de los años 1647 y 1648, a raíz de la desastrosa epidemia de peste bubónica que arrasó Andalucía. La enfermedad comenzó en el levante español, importada del Mediterráneo oriental en las naves que arribaban a nuestras costas. La pandemia, en esta ocasión, no alcanzó a la Meseta, pues tuvieron efecto las medidas adoptadas para que la enfermedad no llegase a la Corte: cordones sanitarios, interrupción del comercio, cuarentenas, etc. Sin embargo, ciudades andaluzas como Sevilla y Córdoba perdieron hasta la mitad de su población, cifrándose en decenas de miles los fallecidos por la epidemia en tan sólo estas dos urbes. En Córdoba llegaron a perecer unas 14.000 personas, según algunos de sus cronistas. Las descripciones de los efectos de la peste en la población, escritas con crudo realismo por supervivientes a la epidemia, aún hoy causan horror al releerlas. Torredonjimeno se hallaba próximo al camino real entre Córdoba y la capital giennense y, si bien la epidemia no afectó tanto al reino de Jaén como a otros lugares de Andalucía, los municipios próximos a la raya de Córdoba, como es el caso de Torredonjimeno, perdieron un contingente importante de población por fallecimientos. En un decenio, de 1646 a 1656, Torredonjimeno perderá un tercio de su vecindario. La población tosiriana pasa en este período de unos 4.500 habitantes que venía a tener en el año 1646 a unos 3.000 en 1656. Aunque el número de defunciones fue importante, tuvo también una enorme incidencia demográfica el número de vecinos que, una vez extinguida la epidemia de peste, van a abandonar la villa por motivos fiscales. El injusto sistema de recaudación tributaria de la época fue el causante, en buena medida, de la despoblación de estos años.
En aquellos tiempos el importe de los impuestos que cada localidad debía satisfacer anualmente a la Real Hacienda se asignaba por encabezamientos, de forma que un concejo se comprometía a pagar una cantidad anual preestablecida y constante durante un determinado número de años, que en el caso de Torredonjimeno era de nueve. El ayuntamiento se encargaba de recaudar los tributos, recurriendo a los arbitrios que consideraba más adecuados para obtener el importe de los impuestos. Lo normal era que, tras considerar a cuánto podrían ascender las rentas obtenidas de los bienes propios del concejo (propiedades comunales susceptibles de generar rentas a favor del municipio, como prados, dehesas, suertes de tierras, casas, etc.), el cabildo recurriera al arbitrio de echar la diferencia como impuesto indirecto en el consumo de determinados productos: carne, pescado, aceite, vino, vinagre, sal, etc., de forma que los vendedores al menudo incrementaban en algunos maravedíes el precio de cada libra, arroba, cántara, etc. Finalmente, el resto se repartía directamente entre los vecinos por medio de los padrones de repartimiento, que estaban hechos calle-hita, es decir, calle por calle y casa por casa, incluyendo a todos los vecinos pecheros (los que no eran nobles), con excepción de los pobres (aquellos de quienes no se esperaba recaudar ninguna cantidad), de los nobles (en general, exentos de satisfacer impuestos, aunque sí pagaban algunos), y de otros individuos excusados del pago, como religiosos, abogados, militares, regidores y oficiales del concejo, etc.
Los impuestos que satisfacían los vecinos de Torredonjimeno eran ya elevados antes de la peste de 1647 y 1648, pues las interminables guerras que mantenía la monarquía española con numerosos países europeos hacían que la necesidad de recursos de la Hacienda Real fuera casi insaciable. En los años que siguieron a la epidemia, por estar de antemano prefijado el montante de impuestos que debía abonar la villa, y al reducirse drásticamente el número de vecinos de Torredonjimeno por las defunciones, los supervivientes experimentaron una notable elevación de la presión fiscal. Muchos habitantes abandonaron entonces la villa, pasando a avecindarse, principalmente, en la ciudad de Jaén y antiguo reino de Granada, con lo que se agravó enormemente la situación para los que no emigraron. Ante tal sangría demográfica el concejo de la villa reaccionó, estableciendo en 1656, cuando la despoblación de la villa parecía ya imparable, que los repartimientos de impuestos gravasen, no sólo a los vecinos residentes en el municipio, como hasta entonces, sino también a todas aquellas personas que tuvieran bienes raíces en su término, aunque no estuvieran avecindadas en Torredonjimeno. De esta manera se contuvo la emigración desbocada desde la villa hacia otros lugares del Santo Reino, aunque la pérdida de población fue considerable: en torno a 1.500 personas, un tercio de la población existente antes de la epidemia. La elevación de la presión fiscal tras la peste afectó más a Torredonjimeno que a otras poblaciones vecinas, pues el concejo tosiriano no poseía en aquellos años apenas bienes propios, debiendo soportar sus vecinos, por tanto, una mayor carga tributaria. Torredonjimeno sólo contaba entre sus propios con una facultad para arrendar los cuatro puestos de tabernas que estaban autorizados a instalarse en la villa. El concejo poseía extensiones de tierra en el sitio llamado de Benzalá (antigua alquería en tiempo de moros), sin embargo, estaban embargadas desde años atrás por sentencia de la Real Chancillería de Granada: el concejo percibía únicamente en concepto de alimentos (como era costumbre en caso de embargo) una pequeña parte de la renta generada por su arrendamiento. En consecuencia, el cabildo de la villa recurría normalmente al reparto de las cargas tributarias entre sus moradores. En los repartimientos de impuestos resultaban claramente perjudicados los jornaleros, artesanos y pequeños propietarios, pues contribuían proporcionalmente bastante más que los nobles y grandes terratenientes, que dominaban el cabildo de la villa y contaban con exenciones forales y múltiples argucias para eximirse, en todo o en parte, de las enormes cargas tributarias que gravitaban sobre Torredonjimeno.
A pesar de la pandemia de 1647 y 1648, las mayores epidemias de peste bubónica del siglo XVII todavía no habían tenido lugar en el Santo Reino, pues pronto vendrán otras aun más devastadoras. La peor peste en el reino de Jaén ocurrió en el año 1682. La epidemia se desarrolló en suelo español entre 1676 y 1682, principalmente, y se estima que causó en nuestro país, en este período, un cuarto de millón de muertes. Unos años antes la enfermedad había asolado Inglaterra, los Países Bajos y el norte de Francia. Fue en 1676 cuando la peste tocó en Cartagena. En los años siguientes fue frecuente que la pandemia remitiera durante los meses de invierno, reavivándose con la primavera y el verano, pues el calor favorecía el desarrollo de la enfermedad. En 1678 la peste había llegado a Málaga, al año siguiente la enfermedad se extendía ya hasta Granada. En 1680 la peste tocaba en los reinos de Córdoba y Sevilla. Al año siguiente la ciudad de Jaén y muchas poblaciones al norte del Santo Reino estaban ya contaminadas: Ubeda, Baeza, Bailén, etc. Pero fue el de 1682 el peor de todos los años de peste, y es entonces cuando la epidemia va a afectar de lleno a Torredonjimeno, al encontrarse el epicentro de la enfermedad en Córdoba y poblaciones circundantes. Por los registros de defunciones comprobamos hoy como desaparecieron enteramente gran número de familias tosirianas, al ritmo de uno y dos miembros muertos cada día. La muerte no hacía distinción entre estamentos sociales, pues nobles y pecheros iban llenando las páginas de los libros de fallecidos. Tan grande fue el número de defunciones que llego a hacerse imposible enterrar a los difuntos en el interior de las iglesias, como era costumbre, ya que entonces no existían cementerios en la villa. En el huerto de Santa María, ubicado en un solar anejo a la iglesia, se abrió una enorme fosa, cubierta durante el día para evitar el hedor de los cadáveres y la propagación de la enfermedad, pero reabierta cada atardecer para enterrar a los fallecidos, unos cuerpos sobre otros, sin lápida ni losa que identificase las sepulturas. A pesar de la virulencia de la epidemia de 1682, la enfermedad no remitió en los años inmediatamente posteriores, sino que regularmente hacía acto de presencia cuando entraba el fuerte calor de los meses de verano. Los años de 1683 y siguientes fueron también años de peste, hasta el de 1685, en que la epidemia volvió a brotar con fuerza.
Los años de peste estuvieron precedidos en Andalucía por otros de adversa meteorología, que ocasionaron una larga serie de malas cosechas. Ambos azotes, hambrunas y enfermedades, llegaron a solaparse, dando lugar así a la infinidad de víctimas causadas en el sur de España por las epidemias, extendidas entre una población desnutrida y débil. Se confirmaba, de esta manera, la conocida relación entre hambre, malas cosechas y enfermedades. Las cosechas de estos años fueron como sigue:
• la primavera de 1677 fue sumamente lluviosa y significó la perdida de toda la cosecha;
• a este siguieron tres años de sequía, en los que no se cogió apenas nada, disparándose el precio de todos los mantenimientos;
• los años de 1682 y 1683 fueron de extremada sequía, que trajo de nuevo el hambre y la falta de pan;
• a principios de 1684 sobrevino una serie de lluvias torrenciales tan larga y violenta que se perdieron todas las cosechas, pues los fuertes aguaceros fueron continuos hasta el mes de mayo; la ganadería, muy mermada por los anteriores años de sequía, se vio muy afectada por el número de animales muertos y ahogados por las aguas, que se salieron de las madres de los ríos y arroyos.
Fueron estos años tremendamente calamitosos, en los que se registraron muchas muertes por inanición, además de las causadas por la peste. Las personas, desesperadas y sin encontrar absolutamente nada que llevarse a la boca, llegaban a ingerir hierbas, cortezas de árbol, y hasta tierra y barro. Otros, más afortunados, conseguían sobrevivir gracias a los famosos tronchos de coles que cita Quevedo y otros condumios más propios de animales que de personas, frecuentemente en mal estado. Pero no sólo fueron el hambre y la peste los azotes de la población tosiriana de estos años, ya que hicieron acto de presencia otros contagios, ligados a la subalimentación y a la miseria generalizada, como fue el tabardillo (tifus exantemático), también llamado entonces morbo punticular, que hizo presa especialmente entre los pobres, jornaleros y artesanos sin trabajo, al contrario que la peste bubónica (que no hacía distingos entre categorías sociales), pues algunos de los orígenes del tabardillo estaban en el hambre, la falta de higiene y la ingestión de alimentos descompuestos. En conclusión, el período de 1677 a 1685 fue aciago para la villa de Torredonjimeno, como si todos los males imaginables hubieran coincidido en abatirse sobre el afligido pueblo tosiriano. En estas condiciones, la tan comentada recuperación española de finales del siglo XVII no se aprecia en Torredonjimeno, a no ser que consideremos como tal la atenuación de los males que venían flagelando anteriormente a la villa. La población de Torredonjimeno, que en 1677 se había recuperado algo de la peste de 1647 (llegó hasta los 3.600 habitantes), vuelve a descender en 1685 a niveles similares a los de 1656.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Torredonjimeno en 1752 (cont.)

La Orden de Calatrava
El año de 1493 es una fecha clave en la historia de Torredonjimeno y demás posesiones de la Orden militar de Calatrava. Hasta entonces, la jurisdicción señorial de la Orden sobre sus territorios era ejercida por el maestre de Calatrava, su más alta autoridad jerárquica y a quien todos los caballeros y religiosos calatravos realizaban voto de obediencia. El maestre era elegido entre sus miembros por los caballeros de la Orden, reunidos en Capítulo General, y en no pocas ocasiones de forma conflictiva, pues el poder que proporcionaba el rango de maestre suscitaba las apetencias de las distintas banderías y facciones nobiliarias que agitaron casi permanentemente la baja edad media castellana. Los maestres eran elegidos entre la más alta nobleza, que integraba las principales dignidades de las órdenes, los comendadores, gozando así las grandes familias del enorme poder y sustanciosas rentas generadas por las mejores encomiendas.
La Orden de Calatrava, sus jerarquías y territorios, gozaban de plena autonomía jurisdiccional, pues en lo temporal y en lo espiritual dependían del papado y no de los monarcas castellanos, quienes no tenían autoridad sobre la Orden, ni sobre sus villas y lugares. Con su enorme poder, materializado en vasallos, ejércitos, encomiendas, rentas, fortalezas y territorios, la Orden de Calatrava llegó a constituir una especie de estado dentro del estado, poniendo en jaque, en muchas ocasiones, a la autoridad real. No es extraño, entonces, que los monarcas castellanos intentaran ingerirse en los capítulos electivos de los maestres, imponiendo, en los momentos en que la autoridad regia no estaba menoscabada, candidatos afectos a la facción real. Durante la mayor parte de la edad media castellana, las órdenes militares participaron activamente en las intrigas políticas y rebeliones nobiliarias que se repetían frecuentemente, coincidiendo con períodos de decaimiento del poder real. Las luchas contra facciones rivales protagonizadas por los maestres de las órdenes tuvieron un auténtico cariz de guerra civil. En no pocas ocasiones, los enfrentamientos entre vasallos de la Orden de Calatrava y habitantes de señoríos particulares y tierras de realengo devinieron en verdadera guerra abierta. Los moradores de Torredonjimeno, como vasallos de la Orden, se vieron embarcados en aventuras guerreras crudelísimas, siguiendo a su señor, el maestre de Calatrava o el comendador de Martos, contra otras poblaciones de cristianos, como en el cerco a la ciudad de Jaén, o la destrucción de Villa Real (la actual Ciudad Real), entre otras poblaciones, en las que se saqueaban y quemaban pueblos, se talaban campos y se pasaba a cuchillo a multitud de compatriotas. No debieron ser pocos los tosirianos que perdieron sus vidas y haciendas a lo largo del medievo siguiendo a su señor, el maestre, en estas expediciones bélicas, que no respondían a otra cosa que a la ambición desmedida de aquellos nobles.
En 1493 Alejandro VI concede la administración vitalicia de los maestrazgos de las órdenes militares, entre ellas la de Calatrava, al rey Fernando el Católico. A su muerte, los caballeros de Calatrava tratan de elegir un nuevo maestre, pero el pontífice León X concedió en 1515 el maestrazgo al príncipe Carlos, en los mismos términos que a su abuelo el rey Fernando. En 1523 Adriano VI establece la incorporación perpetua de los maestrazgos a la Corona castellana. Desde entonces, la administración de la Orden de Calatrava no se apartará de la jurisdicción real, ya que desde aquella fecha los maestres de la Orden fueron los reyes de España. Esta acertada decisión del papado al inicio de la época moderna acabó con la tradición de banderías y rebeliones casi permanentes de los maestres y sus caballeros. Rades y Andrada, en su obra Crónica de las Tres Ordenes, expone el beneficio que se derivó de la administración perpetua otorgada por el Papa, tanto para la Corona como para los vasallos de las órdenes:
… muchas causas se propusieron de parte del emperador don Carlos al Papa Adriano VI para moverle a que anexase perpetuamente los maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara a la corona real, y la más urgente fue significando las grandes alteraciones que muchas veces se recrecieron en estos reinos sobre elegir maestres, con grande daño de los vasallos de las órdenes y distraimiento de los freyles, cavalleros y clérigos. Propúsose, asimismo, que como los maestres eran tan poderosos en estos reinos, muchas veces daban favor a los que levantaban algunos bandos, o hacían otros movimientos, y por esta vía solían venir los negocios a rompimiento de guerra. Todo esto se pudo decir con muy cierta relación, como se ve manifiestamente por lo que en esta crónica de las tres órdenes se dice, y cotejando el desasosiego que ya en los postreros maestres hubo, con la quietud en que las órdenes están después que no los hay, se verá la utilidad de haberse anexado los maestrazgos.
Desde la época de los Reyes Católicos, por tanto, los territorios de las órdenes vinieron a tener prácticamente la misma condición jurídica que las tierras de realengo, directamente bajo la autoridad del rey, sin dependencia de otro señor alguno. Los reyes ejercieron la administración de las órdenes a través de su Real Consejo de Ordenes, compuesto por un presidente y varios oidores, militantes todos ellos en las tres órdenes. El Consejo fue el organismo que efectivamente gobernó los territorios de las órdenes militares, realizando a la vez funciones judiciales y asesorando a los monarcas en el ejercicio de su jurisdicción sobre los pueblos dependientes del Consejo.
En 1495, siendo ya maestre en administración el rey don Fernando, los Reyes Católicos vuelven a manifestar interés por Torredonjimeno. Por aquellas fechas no era infrecuente que las justicias cometieran todo tipo de tropelías y abusos con las mujeres y hombres sometidos a su jurisdicción (recordemos el suceso de Fuenteovejuna, en esta misma época). En Torredonjimeno se realizaron abusos notorios por parte del alcalde mayor, vejando a vecinos, forzando a mujeres casadas, y otros desafueros por los que la villa se iba despoblando de su vecindario. Así, se conserva un documento en el que Sus Altezas los reyes mandan al corregidor de la ciudad de Jaén que haga información en Torredonjimeno sobre los vecinos que se han ido y que se van de los lugares que la Orden de Calatrava tiene en Andalucía.
Otros cambios, que afectaron profundamente a Torredonjimeno, vendrían a ocurrir también en los últimos años del siglo XV. Desde el reinado de los Reyes Católicos el entonces lugar de Torredonjimeno disfrutó de jurisdicción civil, aunque no criminal:
1) de forma privativa en su casco urbano y en un territorio amojonado que le circundaba, al que se le va a conocer como los Cotos o el Coto;
2) e indistintamente, junto con Martos y demás lugares del partido, en el resto de los términos comunes.

jueves, 29 de abril de 2010

TORREDONJIMENO según las Respuestas Generales del Catrastro de Ensenada, año 1752



Orígenes

La antigua villa de Torredonjimeno (o Torrejimeno, como también se le denominó) se encuentra al sudoeste de Jaén, distante unos 17 km de la capital y 6 de Martos, a cuyo partido judicial pertenece.

El pueblo está recostado en un extenso llano en suave declive hacia el sur y el oeste, en relativa proximidad a las estribaciones de la sierra de Jabalcuz, que en Torredonjimeno se conocen como sierra de la Grana.

El origen de Torredonjimeno se pierde en la oscuridad de los tiempos. Parece ser que sobre su solar estuvo asentada, durante la época prerromana, la antigua ciudad ibérica de Tucci Vetula.

Fue centro de operaciones del lusitano Viriato en sus guerras contra Roma. Alrededor del año 142 a. de C. los guerrilleros ibéricos controlaban, desde Tucci, importantes posiciones en la Bética, manteniendo en jaque a los invasores romanos.

En sus proximidades, en tiempos del emperador Augusto, las autoridades romanas fundaron una Colonia para instalar, tras su licenciamiento, a veteranos legionarios. Era la Colonia Augusta Gemella Tuccitana, la actual población de Martos que, andando el tiempo, llegaría a sobrepasar en importancia a la población primitiva, Tucci Vetula, pues en época de moros ya figuraba Torredonjimeno como lugar anejo a la villa de Martos, Madinat Martush, como se denominaba en lengua arábiga, capital que fue en alguna ocasión de la provincia o cora de Yayyan (Jaén).

Antes de esto, Torredonjimeno fue villa visigoda, conocida en aquel entonces con los nombres de Osiria o Tosiria (de donde les viene hoy día a sus habitantes el gentilicio de tosirianos).