viernes, 7 de mayo de 2010

Torredonjimeno, decadente y pobre
El siglo XVI acaba en Torredonjimeno con años de peste, en la década de los ochenta. Otros años de peste fueron desde 1596 al año 1602. Estas epidemias, sin embargo, no tuvieron la virulencia que tendrán las grandes pandemias de mediados y finales del XVII, aunque sí debieron suponer un menoscabo demográfico en la población tosiriana. En 1609 se produce la expulsión de los moriscos, y se ven obligados a abandonar la villa los que, desde el siglo anterior, en ella se habían instalado tras el destierro de su vega granadina. El número del contingente morisco se encontraba entre 200 y 300 personas, y su modo de vida, por la documentación que ha quedado, debió responder al mismo modelo que el de otros moriscos desterrados a Castilla a principios del siglo XVI desde su Granada natal. Eran individuos muy humildes, que se fueron acomodando como servidores de las grandes familias radicadas en la villa, especialmente como trabajadores agrícolas en los cortijos más alejados del núcleo urbano. Gozaron del favor de sus nobles amos, de quiénes tomaron sus apellidos, y parece ser que se hallaban perfectamente integrados en la vida social de Torredonjimeno: acudían a misa, se les conocía por nombres cristianos, bautizaban a sus hijos con el parentesco espiritual de las familias más poderosas, etc., sin distinguirse especialmente, por su modo de vida, de los cristianos viejos más humildes, con los que llegaron a matrimoniar, en ocasiones, algunas de estas doncellas granadinas, como se les cita en los libros parroquiales. Respondían, pues, los tosirianos al tópico de los demás moriscos, siendo especialmente prolíficos, según se constata al reconstruir sus fichas familiares a partir de los registros parroquiales, llegando a tener 8, 10 y más hijos, bastante por encima del promedio de los cristianos viejos.
Otra minoría de población de Torredonjimeno fue la de los esclavos: negros, mulatos y loros, individuos estos últimos de color verdinegra (como se decía entonces) procedentes del norte de Africa y del extremo oriental del Mediterráneo, menos numerosos entre la población esclava que los descendientes de negros. Durante la primera mitad del siglo XVII residían en la villa un gran número de familias nobles poseedoras de importantes patrimonios. Entre su servidumbre se encontraba un nutrido contingente de siervos de color. Los esclavos aparecen citados con frecuencia en los protocolos notariales y en los libros bautismales de las dos parroquias de la villa y, más raramente, se encuentran matrimonios entre esclavos negros. En los bautizos de los hijos de las esclavas no se cita en ninguna ocasión el nombre del progenitor de la criatura. Los padrinos de los esclavos recién nacidos formaron parte, curiosamente, de la más alta nobleza de la villa, lo que hace pensar en la existencia de vínculos de parentesco entre la población esclava y sus amos. Era muy frecuente que a la muerte del amo se manumitiese al siervo por disposición testamentaria de aquél. En otras ocasiones los amos dejaban, además, legados y mandas a sus antiguos siervos, que alcanzaban así una situación económica desahogada, lo que les permitía matrimoniar fácilmente con mujeres libres de familias más pobres. Los esclavos de color acabaron por desaparecer de la vida cotidiana de Torredonjimeno, bien reabsorbidos por el contingente de población libre, bien abandonando la villa junto con sus amos nobles en la segunda mitad del XVII, cuando desciende significativamente el número de familias linajudas residentes en la villa.
El panorama demográfico de Torredonjimeno cambia drásticamente a partir de los años 1647 y 1648, a raíz de la desastrosa epidemia de peste bubónica que arrasó Andalucía. La enfermedad comenzó en el levante español, importada del Mediterráneo oriental en las naves que arribaban a nuestras costas. La pandemia, en esta ocasión, no alcanzó a la Meseta, pues tuvieron efecto las medidas adoptadas para que la enfermedad no llegase a la Corte: cordones sanitarios, interrupción del comercio, cuarentenas, etc. Sin embargo, ciudades andaluzas como Sevilla y Córdoba perdieron hasta la mitad de su población, cifrándose en decenas de miles los fallecidos por la epidemia en tan sólo estas dos urbes. En Córdoba llegaron a perecer unas 14.000 personas, según algunos de sus cronistas. Las descripciones de los efectos de la peste en la población, escritas con crudo realismo por supervivientes a la epidemia, aún hoy causan horror al releerlas. Torredonjimeno se hallaba próximo al camino real entre Córdoba y la capital giennense y, si bien la epidemia no afectó tanto al reino de Jaén como a otros lugares de Andalucía, los municipios próximos a la raya de Córdoba, como es el caso de Torredonjimeno, perdieron un contingente importante de población por fallecimientos. En un decenio, de 1646 a 1656, Torredonjimeno perderá un tercio de su vecindario. La población tosiriana pasa en este período de unos 4.500 habitantes que venía a tener en el año 1646 a unos 3.000 en 1656. Aunque el número de defunciones fue importante, tuvo también una enorme incidencia demográfica el número de vecinos que, una vez extinguida la epidemia de peste, van a abandonar la villa por motivos fiscales. El injusto sistema de recaudación tributaria de la época fue el causante, en buena medida, de la despoblación de estos años.
En aquellos tiempos el importe de los impuestos que cada localidad debía satisfacer anualmente a la Real Hacienda se asignaba por encabezamientos, de forma que un concejo se comprometía a pagar una cantidad anual preestablecida y constante durante un determinado número de años, que en el caso de Torredonjimeno era de nueve. El ayuntamiento se encargaba de recaudar los tributos, recurriendo a los arbitrios que consideraba más adecuados para obtener el importe de los impuestos. Lo normal era que, tras considerar a cuánto podrían ascender las rentas obtenidas de los bienes propios del concejo (propiedades comunales susceptibles de generar rentas a favor del municipio, como prados, dehesas, suertes de tierras, casas, etc.), el cabildo recurriera al arbitrio de echar la diferencia como impuesto indirecto en el consumo de determinados productos: carne, pescado, aceite, vino, vinagre, sal, etc., de forma que los vendedores al menudo incrementaban en algunos maravedíes el precio de cada libra, arroba, cántara, etc. Finalmente, el resto se repartía directamente entre los vecinos por medio de los padrones de repartimiento, que estaban hechos calle-hita, es decir, calle por calle y casa por casa, incluyendo a todos los vecinos pecheros (los que no eran nobles), con excepción de los pobres (aquellos de quienes no se esperaba recaudar ninguna cantidad), de los nobles (en general, exentos de satisfacer impuestos, aunque sí pagaban algunos), y de otros individuos excusados del pago, como religiosos, abogados, militares, regidores y oficiales del concejo, etc.
Los impuestos que satisfacían los vecinos de Torredonjimeno eran ya elevados antes de la peste de 1647 y 1648, pues las interminables guerras que mantenía la monarquía española con numerosos países europeos hacían que la necesidad de recursos de la Hacienda Real fuera casi insaciable. En los años que siguieron a la epidemia, por estar de antemano prefijado el montante de impuestos que debía abonar la villa, y al reducirse drásticamente el número de vecinos de Torredonjimeno por las defunciones, los supervivientes experimentaron una notable elevación de la presión fiscal. Muchos habitantes abandonaron entonces la villa, pasando a avecindarse, principalmente, en la ciudad de Jaén y antiguo reino de Granada, con lo que se agravó enormemente la situación para los que no emigraron. Ante tal sangría demográfica el concejo de la villa reaccionó, estableciendo en 1656, cuando la despoblación de la villa parecía ya imparable, que los repartimientos de impuestos gravasen, no sólo a los vecinos residentes en el municipio, como hasta entonces, sino también a todas aquellas personas que tuvieran bienes raíces en su término, aunque no estuvieran avecindadas en Torredonjimeno. De esta manera se contuvo la emigración desbocada desde la villa hacia otros lugares del Santo Reino, aunque la pérdida de población fue considerable: en torno a 1.500 personas, un tercio de la población existente antes de la epidemia. La elevación de la presión fiscal tras la peste afectó más a Torredonjimeno que a otras poblaciones vecinas, pues el concejo tosiriano no poseía en aquellos años apenas bienes propios, debiendo soportar sus vecinos, por tanto, una mayor carga tributaria. Torredonjimeno sólo contaba entre sus propios con una facultad para arrendar los cuatro puestos de tabernas que estaban autorizados a instalarse en la villa. El concejo poseía extensiones de tierra en el sitio llamado de Benzalá (antigua alquería en tiempo de moros), sin embargo, estaban embargadas desde años atrás por sentencia de la Real Chancillería de Granada: el concejo percibía únicamente en concepto de alimentos (como era costumbre en caso de embargo) una pequeña parte de la renta generada por su arrendamiento. En consecuencia, el cabildo de la villa recurría normalmente al reparto de las cargas tributarias entre sus moradores. En los repartimientos de impuestos resultaban claramente perjudicados los jornaleros, artesanos y pequeños propietarios, pues contribuían proporcionalmente bastante más que los nobles y grandes terratenientes, que dominaban el cabildo de la villa y contaban con exenciones forales y múltiples argucias para eximirse, en todo o en parte, de las enormes cargas tributarias que gravitaban sobre Torredonjimeno.
A pesar de la pandemia de 1647 y 1648, las mayores epidemias de peste bubónica del siglo XVII todavía no habían tenido lugar en el Santo Reino, pues pronto vendrán otras aun más devastadoras. La peor peste en el reino de Jaén ocurrió en el año 1682. La epidemia se desarrolló en suelo español entre 1676 y 1682, principalmente, y se estima que causó en nuestro país, en este período, un cuarto de millón de muertes. Unos años antes la enfermedad había asolado Inglaterra, los Países Bajos y el norte de Francia. Fue en 1676 cuando la peste tocó en Cartagena. En los años siguientes fue frecuente que la pandemia remitiera durante los meses de invierno, reavivándose con la primavera y el verano, pues el calor favorecía el desarrollo de la enfermedad. En 1678 la peste había llegado a Málaga, al año siguiente la enfermedad se extendía ya hasta Granada. En 1680 la peste tocaba en los reinos de Córdoba y Sevilla. Al año siguiente la ciudad de Jaén y muchas poblaciones al norte del Santo Reino estaban ya contaminadas: Ubeda, Baeza, Bailén, etc. Pero fue el de 1682 el peor de todos los años de peste, y es entonces cuando la epidemia va a afectar de lleno a Torredonjimeno, al encontrarse el epicentro de la enfermedad en Córdoba y poblaciones circundantes. Por los registros de defunciones comprobamos hoy como desaparecieron enteramente gran número de familias tosirianas, al ritmo de uno y dos miembros muertos cada día. La muerte no hacía distinción entre estamentos sociales, pues nobles y pecheros iban llenando las páginas de los libros de fallecidos. Tan grande fue el número de defunciones que llego a hacerse imposible enterrar a los difuntos en el interior de las iglesias, como era costumbre, ya que entonces no existían cementerios en la villa. En el huerto de Santa María, ubicado en un solar anejo a la iglesia, se abrió una enorme fosa, cubierta durante el día para evitar el hedor de los cadáveres y la propagación de la enfermedad, pero reabierta cada atardecer para enterrar a los fallecidos, unos cuerpos sobre otros, sin lápida ni losa que identificase las sepulturas. A pesar de la virulencia de la epidemia de 1682, la enfermedad no remitió en los años inmediatamente posteriores, sino que regularmente hacía acto de presencia cuando entraba el fuerte calor de los meses de verano. Los años de 1683 y siguientes fueron también años de peste, hasta el de 1685, en que la epidemia volvió a brotar con fuerza.
Los años de peste estuvieron precedidos en Andalucía por otros de adversa meteorología, que ocasionaron una larga serie de malas cosechas. Ambos azotes, hambrunas y enfermedades, llegaron a solaparse, dando lugar así a la infinidad de víctimas causadas en el sur de España por las epidemias, extendidas entre una población desnutrida y débil. Se confirmaba, de esta manera, la conocida relación entre hambre, malas cosechas y enfermedades. Las cosechas de estos años fueron como sigue:
• la primavera de 1677 fue sumamente lluviosa y significó la perdida de toda la cosecha;
• a este siguieron tres años de sequía, en los que no se cogió apenas nada, disparándose el precio de todos los mantenimientos;
• los años de 1682 y 1683 fueron de extremada sequía, que trajo de nuevo el hambre y la falta de pan;
• a principios de 1684 sobrevino una serie de lluvias torrenciales tan larga y violenta que se perdieron todas las cosechas, pues los fuertes aguaceros fueron continuos hasta el mes de mayo; la ganadería, muy mermada por los anteriores años de sequía, se vio muy afectada por el número de animales muertos y ahogados por las aguas, que se salieron de las madres de los ríos y arroyos.
Fueron estos años tremendamente calamitosos, en los que se registraron muchas muertes por inanición, además de las causadas por la peste. Las personas, desesperadas y sin encontrar absolutamente nada que llevarse a la boca, llegaban a ingerir hierbas, cortezas de árbol, y hasta tierra y barro. Otros, más afortunados, conseguían sobrevivir gracias a los famosos tronchos de coles que cita Quevedo y otros condumios más propios de animales que de personas, frecuentemente en mal estado. Pero no sólo fueron el hambre y la peste los azotes de la población tosiriana de estos años, ya que hicieron acto de presencia otros contagios, ligados a la subalimentación y a la miseria generalizada, como fue el tabardillo (tifus exantemático), también llamado entonces morbo punticular, que hizo presa especialmente entre los pobres, jornaleros y artesanos sin trabajo, al contrario que la peste bubónica (que no hacía distingos entre categorías sociales), pues algunos de los orígenes del tabardillo estaban en el hambre, la falta de higiene y la ingestión de alimentos descompuestos. En conclusión, el período de 1677 a 1685 fue aciago para la villa de Torredonjimeno, como si todos los males imaginables hubieran coincidido en abatirse sobre el afligido pueblo tosiriano. En estas condiciones, la tan comentada recuperación española de finales del siglo XVII no se aprecia en Torredonjimeno, a no ser que consideremos como tal la atenuación de los males que venían flagelando anteriormente a la villa. La población de Torredonjimeno, que en 1677 se había recuperado algo de la peste de 1647 (llegó hasta los 3.600 habitantes), vuelve a descender en 1685 a niveles similares a los de 1656.

2 comentarios:

  1. Hola Manuel, muy interesante lo que dices como siempre....

    Te invito a mis casas.

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    y si quieres ver cosas de danza
    http://kamra1.blogspot.com/

    Espero verte por allí.

    Te envío besos dulces de luna menguante

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  2. si el tema morisco te interesa quizás quisieras pasarte por www.moriscosconcordia.com y adherirte a la candidatura de los premios principe de asturias de la concordia 2010

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